En este trabajo nos acercaremos a uno de los ensayos que recoge el libro Genealogías de la colombianidad, editado por Santiago Castro-Gómez y Eduardo Restrepo, para mostrar cómo ha intervenido la estética en la configuración de un imaginario de lo nacional que propone imágenes de exclusión y de identidad. Dicho ensayos es: La tenaz suramericana de la antropóloga Zandra Pedraza Gómez.
El título “La tenaz suramericana”, viene de un grafiti aparecido en los años ochenta en uno de los muros del barrio la Candelaria en la ciudad de Bogotá; se trata de un juego de palabras en clara referencia al mito urbano de finales del siglo XIX y principios del XX que pretendía presentar la ciudad de Bogotá como la Atenas suramericana, epítome de la cultura y las buenas maneras. Así pues, el autor del grafiti estaría indicando que Bogotá dejó de ser la Atenas para convertirse en la Tenaz, característica de unos habitantes resistentes en un contexto hostil al ideal de vida urbana. Zandra Pedraza se propone seguir la historia de donde surge el mito de Bogotá como la Atenas suramericana, tratando de mostrar que éste, mas que un mito, era una creencia de las élites locales. El tema central del ensayo es la apreciación sensorial de diferentes rasgos de la vida urbana y de las transformaciones ocurridas en la ciudad [Pedraza Z. 2008: 173], en el periodo que va de 1916 a 1987, periodo que se corresponde con los primeros setenta años de circulación de la revista Cromos.
Pedraza describe a Bogotá a través de diferentes percepciones sacadas de la prensa, percepciones que describen una ciudad y unos ciudadanos de visión conservadora, ciudadanos reacios al cambio y temerosos frente a lo nuevo, pero con deseos de figurar; tenemos pues unos ciudadanos con ansias de figurar, al lado de una ciudad que se percibe aburrida, irónica, seria, circunspecta y apática; si le creemos a los medios de comunicación, o mas bien a la opinión publica reflejada en esos medios, podríamos concluir que esto es lo que ha marcado la tensión del proyecto moderno en Bogotá. Así pues, las citas que Pedraza extrae de la prensa, se relacionan de manera directa con los procesos y proyectos de renovación urbana y lo que logra encontrara en dichas citas son posiciones contrapuestas: de un lado, algunas personas consideran que en la ciudad están sucediendo cosas que van alegrar su vida cotidiana. Frente a la idea de que Bogotá es una ciudad donde no hay nada que hacer, una ciudad lluviosa, aburrida y conventual, algunos consideran que la llegada del tranvía, del cine, la presencia de jóvenes en las calles, la música tropical o de fuentes de soda, alegrarán la ciudad, y de este modo los nuevos elementos que aparecen en la ciudad en los años veinte, treinta, van a acabar con esa monotonía de convento. Del otro lado se encuentran aquello para quienes la modernización de la ciudad no significa más que la destrucción de lo tradicional y la pérdida de los valores y las buenas costumbres. De esta manera, mientras unos celebran la renovación y modernización de la ciudad, otros consideran deplorable tal renovación y condenan la perdida de la tradición santafereña. Lo que se esconde en el fondo de esta tensión permanente no es más que el miedo a la forma en que las costumbres se van volviendo populares, en otras palabras, lo que se esconde tras el temor por la perdida de las buenas costumbres no es mas que el miedo al pueblo, pues las élites que crearon el mito de la Atenas suramericana, temen que en manos del pueblo se pierdan, no sólo las buenas costumbres, sino también la Atenas. Para esta élite, la pérdida de la Atenas significaría pasar de la idea de una ciudad letrada, educada y de buenas maneras, a la idea de un lugar de desorden y caos en el que también se perdería la jerarquía del cachaco.
Ahora bien, para explicar los procesos de transformación que Bogotá ha sufrido, Pedraza recurre a la figura de la mujer como metáfora de los cambios por los que ha pasado la ciudad, para ello se sirve de dos figuras que ilustran lo arriba mencionado: una ciudad que se lee como abuela católica, severa y sentimental, llega a ser vista como una señorita coqueta, frívola y banal. En este punto, cabria el ejercicio de pensar si esa segunda imagen tan seductora y deseable en el siglo XX sigue vigente hoy en día, frente a lo cual responde Pedraza:
“No estoy muy segura de si uno pueda utilizar una figura de mujer hoy. Yo estaría pensando en una mujer intervenida quirúrgicamente, en prótesis, en la dificultad de una figura armónica, porque las anteriores son figuras relativamente armónicas, pero yo diría que hoy es difícil jugar a eso. No se me ocurre algo distinto que una clase de cuerpo intervenido estéticamente que tiene dificultades para ser armónico, lo que pasa normalmente con muchas intervenciones de esa clase”. [I.letrada, 2012: 1].
La llegada del progreso se traduce en una noción positiva del mismo, al tiempo que dicha noción se entrelaza con la percepción de un desmoronamiento de la moral, las costumbres y la totalidad vivida por la cultura aldeana; se produce así una fragmentación que encuentra su forma mas expresiva en la alegoría en que se transfigura el cuerpo femenino, en este primer momento tan cercana a la del cuerpo de la prostituta [Cfr. Pedraza Z. 2008: 179].
Fotograma de Garras de Oro (1926). Cali Films
Ahora, el mito de la Atenas suramericana se tambalea frente a signos evidentes del atraso de la ciudad, signos que delatan el carácter inculto de la ciudad, contradiciendo esa imagen de “ciudad letrada”, síntesis de cultura y de las buenas costumbres. Dichos signos se hacen presentes en las graves carencias en asuntos higiénicos que presenta la ciudad tales como:
“La falta de agua, alcantarillado, plazas de abastos, buenos pavimentos, mayor número de parques y jardines públicos, dispensarios, hospitales, asilos y mil cosas más que “toda persona medianamente conocedora echa de menos”, son signos del atraso de la ciudad. Las deficiencias higiénicas asociadas a tales faltas, las personifica durante las primeras décadas, más que cualquier otro aspecto, “su excelencia la grippe” que trae consigo “pavorosos… cuadros de miseria, de abandono, de desaseo” (C-137 (1918): 246), especialmente cuando arrecia la temporada de lluvias.” [Cfr. Pedraza, Z. “2008: 180]
La falta de agua es el problema recurrente y la carencia del precioso líquido delata la presencia del enemigo por excelencia de la época: el microbio, que convertido en símbolo de incivilidad trae consigo el azote de la infección y el terror de la epidemia y lleva a la conclusión de que el progreso sólo será posible cuando se haya vencido tal enemigo. El problema de la higiene se plantea en términos no sólo higiénicos sino también estéticos; es así como se termina por imponérsele a la ciudad las mismas funciones que la cultura de antaño adjudicaba al cuerpo, y de este modo el cuerpo, especialmente el cuerpo del obrero, aparece como analogía de la ciudad, reclamando para la capital las mismas condiciones de higiene y estética que se exigen para el cuerpo. De esta analogía que se refiere a la ciudad como un cuerpo, se desprende una paradoja pues por una parte se espera que el aspecto de la ciudad hable del grado de civilización de sus habitantes, y al mismo tiempo se pretende que el embellecimiento urbano forme ciudadanos civiles. Modernizar a Bogotá implica resolver sus problemas higiénicos y estéticos, lo que significa resolver los problemas de suciedad, higienizar las habitaciones, el matadero, los mercados y el cementerio y encontrar soluciones para la falta de asfalto, la escasez de agua y el hedor de las basuras; pero también es necesario educar a los habitantes a ser limpios, a no convertir las calles en vivienda, pero también es indispensable proveer de alguna forma a sus necesidades. En este contexto, se inicia la discusión sobre la creación del Distrito Especial cuya misión sería la de transformar a Bogotá en una capital sana, limpia y hermosa. Por último, la ciudad necesita afrontar los problemas y las necesidades comunes a toda gran ciudad como son: el ruido, la circulación y la energía entre otros.
Cachacos, Bogotanos. Alekovargas
Ahora bien, pese a sus características particulares, la discusión acerca de Bogotá no deja de responder al modelo de otras ciudades latinoamericanas y es necesario tener en cuenta que en estas discusiones entra en juego la instauración de un proyecto moderno claramente euro-centrado, aunque con los matices propios del contexto hispanoamericano. De acuerdo con Pedraza, el proyecto moderno en Colombia es:
“Por un lado, el desarrollo y la apropiación de una serie de códigos y de ideales que tienen que ver con una modernidad imaginada, según ciertos principios europeos -y subrayo el ciertos, que no todos, pues solo interesan algunos-. Dichos principios se traen al contexto local, se vitalizan y se asimilan en una clave muy latinoamericana del siglo XIX: conservadora, católica, hispana. Pero, como todo lo latinoamericano, el proyecto moderno está tensionado por el problema de que los requisitos de infraestructura, en todo el sentido de la palabra, no se realizan. Entonces ¿qué tan cultivado se puede ser en una ciudad, cuánto se puede cuidar de las maneras de andar en la calle si no hay andenes? Es la historia que se repite hasta hoy. El problema de la urbanidad colombiana y bogotana está siempre tensionado por el problema de qué es lo moderno aquí, donde lo moderno está siempre tamizado por lo colonial. Siempre está en esa tensión de que la mirada puramente urbana es de las élites que utilizan el código, digamos somático que en este caso es el que interesa a la urbanidad, para jerarquizar y diferenciar. [I.letrada, 2012: 1]
En este sentido, una urbanidad como la de Carreño aparece necesariamente marcada por lo que Aníbal Quijano denomina “la Colonialidad”, algo que Pedraza considera inherente e inevitable a nuestro ser moderno. Esta colonialidad, hace referencia a la «lógica cultural´´ del colonialismo, es decir al tipo de herencias coloniales que persisten y se multiplican incluso una vez que el colonialismo ha finalizado. Se dice entonces que en América Latina el colonialismo finalizó en el siglo XIX (en África y Asia lo hizo apenas en el siglo XX) pero no la colonialidad, que persiste hasta el día de hoy. Dicha colonialidad presenta una triple dimensión cuyos efectos perviven en tres áreas complementarias: el racismo, el eurocentrismo epistémico y la occidentalización de los estilos de vida, que se corresponden con tres categorías centrales: la colonialidad del poder, la colonialidad del saber y la colonialidad del ser. Por otra parte, podría pensarse que, dado que la mirada puramente urbana es de las élites que utilizan el código, para jerarquizar y diferenciar, entonces la colombianidad se construye a partir de la hegemonía política de las élites locales, sin embargo esta interpretación es errónea, pues las élites, por sí solas, no forjan la colombianidad ni pueden crear identidades; no obstante, las élites pueden producir referentes identitarios que, al aparecer como deseables o presentarse como manifestación del deseo colectivo, terminan por instalarse culturalmente [Naranjo, J. 2013: 30].
Album La Calle. Juan Santacruz
Volviendo a Pedraza, un motivo constante de queja lo constituyen el excesivo individualismo y el absoluto desinterés por los conciudadanos; en este punto, comienza a perfilarse la idea de ciudadano como concepto clave. Durante la mayor parte del siglo XX la condición de ciudadano fue expresada en forma diferente a como se expresa hoy, ya que no se había contemplado el punto de la ciudad participativa que viene con la constitución del 91. Hasta 1991, la condición de ciudadano no se refiere a la idea del ciudadano participativo de un estado moderno, se trata mas bien de la idea de ciudadanía de la urbanidad asociada a la cívitas, al comportamiento, a la vida civilizada:
“Esta ciudad a la cual el páramo, el desaseo, la colonia, el sedimento indio del pueblo y la clásica negligencia del trópico amenazan ya suficientemente para poner en guardia a las autoridades… (No ganará) el título de gran ciudad mientras las costumbres urbanas no se acomoden a las exigencias de los buenos modales públicos de una gran urbe. Es un problema de educación cívica.” (C-1470 (1945): 2).[Cfr. Pedraza Z, 2008: 189]
Se evidencia pues un problema de educación, o mejor, un problema relacionado con las reglas de la vida en común, en otras palabras, se trata de los problemas propios de la convivencia, y, tal como señala Zandra Pedraza:
“Algo falló en esa idea de la convivencia y tiene que ver con la falla asociada al pasado colonial de hacer de unas reglas jerarquizantes unas reglas de comportamiento democrático, de un trato que es garante de deberes y a la vez de derechos.”[I.letrada, 2012: 1]
Se hace necesario disciplinar al ciudadano pues los colombianos somos un pueblo indisciplinado y por ello es necesario:
“El sometimiento a un concepto superior que rige y ordena la acción; es obediencia a las leyes y a las autoridades legítimas; es método para trabajar y vivir; es severidad para castigar al delincuente y tenacidad para cumplir el deber” (C-1234 (1940): 28).[Pedraza, Z. 2008: 189-190]
Portada de Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño (1853)
Pero esta argumentación se desmorona al insinuarse que Medellín, dueña de más “espíritu cívico”, se convierta en la capital; se argumenta entonces que la ciudad es más que un conglomerado de elegantes viviendas y se asegura que es ante todo una reunión de hombres vinculados entre sí por unos mismos ideales. Así pues, la capital debe impulsar su desarrollo, entendido este en términos de mejoras materiales, terminar el acueducto y el alcantarillado, y mejorar la pavimentación, para de este modo, eliminar el polvo y la mugre que hacen imposible todo progreso. Así pues, lo que esta implícito en esta argumentación es la definición de espíritu cívico en términos estéticos y cortesanos; para mediados del siglo XX la resolución de las cuatro urgencias básicas –agua, luz, vías y espíritu de trabajo– y los sucesos del 9 de abril de 1948, que llevaron a la desaparición de muchos edificios considerados ya obsoletos, cambiaron la fisonomía de la ciudad; de este modo, en 1962 la revista Cromos pudo realizar el inventario del progreso de la ciudad, registrando todos los logros alcanzados: canalización de los ríos, electrificación, remodelación de plazas, nuevas edificaciones y ampliación de servicios públicos (C-2320 (1962): 8) [Cfr. Pedraza, Z. 2008: 193]
Ahora, si bien el texto de Zandra Pedraza rastrea los cambios sufridos por Bogotá a través de hechos tangibles como los ya mencionados, estos cambios también son rastreados a través de hechos más abstractos pero no por ello menos importantes como pueden serlo el concepto de ciudadano, la convivencia en la ciudad y el hasta ahora insoluto problema de la paz. En este sentido, la autora afirma que hoy en día ya no es posible estudiar a Bogotá en clave de urbanidad o cívica, pues hoy resulta más pertinente realizar una lectura de ciudad en clave de convivencia. Ya no se trata del problema de la civilización, sino más bien del problema de la paz. En el siglo XIX, y también en el XX, se consideraba que una de las tareas principales de los estados nacionales era el cuidado de la paz y la convivencia. Este problema sigue vigente hoy en día, pero ha cambiado la forma de afrontarlo dado que las claves han cambiado, pues hoy se habla en términos de derechos y esto cambia la constitución del sujeto. De esta manera, Pedraza identifica un cambio en la clave analítica de lo que implica la ciudadanía ya no en términos de la urbanidad, cuyo principio es el mandato y la proscripción, sino bajo el actual principio de la ciudadanía que ya no es el de la norma sino el del derecho. En palabras de Pedraza entrar a una sociedad garante de derechos sin ser afianzado en el deber, es algo problemático. Al preguntarle si considera que Bogotá sigue siendo la tenaz suramericana, Pedraza responde:
“Seguro que sí. Y la tenacidad en realidad no es de la ciudad, es del ciudadano. El ciudadano tiene que ser tenaz y serlo en todos los sentidos. Me parece que en eso es diciente la manera en que los colombianos usamos la palabra tenaz, que no se usa así en todos los países. Para nosotros algo es tenaz, pero una persona también es tenaz, y la palabra tenacidad tiene sentidos tanto positivos como negativos. Me parece que es una palabra que expresa muy bien un tipo de tenor entre emocional y ético que tenemos los colombianos, que es positivo para ciertas cosas y negativo para otras. La ciudad es tenaz y exige tenacidad a los habitante” [Pedraza, Z. 2012: 1]
Panoramica de Bogotá. Mario Roberto Durán Ortiz
Bibliografía
Letrada Revista de capital cultural (2012), “Habitar Bogotá: La Tenacidad de la Tenaz”, entrevista a Zandra Pedraza, disponible en: http://i.letrada.co/e1/versiones_capitales.html consultado el 20 de Mayo de 2013.
Naranjo, Julián (2013) “El mito de la `Raza Paisa´ o la Construcción de una Identidad”, en Revista de Humanidades Populares, Nº 6, México, Abril de 2013, Págs.: 29-39. Disponible en: http://es.scribd.com/doc/133203840/Rev–Humanidades-6 Consultado el 21 de Mayo de 2013.
Pedraza, Zandra (2008) “La Tenaz Suramericana”, en: Genealogías de la Colombianidad. Castro Gómez, S y Restrepo, E (eds.). Pensar. Bogotá. Págs.: 172-202.